Durante años, una compleja red internacional aprovechó la expansión del trabajo en remoto para insertar en empresas estadounidenses a especialistas informáticos situados fuera del país. La operación se basaba en el uso de identidades robadas, dispositivos manipulados y un entramado de facilitadores que trabajaban desde distintos lugares de Estados Unidos.
La investigación federal ha revelado cómo esta trama obtuvo importantes ingresos para el régimen norcoreano, mientras burlaba procesos de contratación y controles de seguridad que debían impedir estas infiltraciones.
Las autoridades federales consideran este caso especialmente relevante por el impacto económico, la magnitud del fraude y los riesgos de seguridad asociados al acceso privilegiado que obtuvieron trabajadores encubiertos.
Una red que aprovechó el auge del teletrabajo
Según el Departamento de Justicia estadounidense, cinco hombres se han declarado culpables de colaborar en un sistema diseñado para ayudar a trabajadores informáticos norcoreanos a obtener trabajos remotos en compañías tecnológicas de Estados Unidos.
Los acusados proporcionaban identidades reales o ficticias y mantenían en sus propios domicilios ordenadores enviados por las empresas contratantes. De esta manera se simulaba que los empleados se encontraban físicamente en territorio estadounidense, cuando en realidad operaban desde el extranjero.
Este método, conocido como granja de portátiles, generó una imagen falsa de normalidad ante los empleadores. Los fiscales han señalado que más de ciento treinta compañías de EE.UU. se vieron afectadas por este tipo de contrataciones encubiertas, lo que permitió que el régimen norcoreano obtuviera ingresos superiores a los dos millones de dólares.
También se afirma que dieciocho ciudadanos estadounidenses resultaron víctimas directas de la suplantación de sus identidades.
El trasfondo de una campaña organizada
La trama formaba parte de una estrategia impulsada por uno de los grupos más activos y persistentes vinculados a Corea del Norte: APT38, también conocido como Lázaro. Durante más de una década, este colectivo ha ejecutado numerosas intrusiones y operaciones dirigidas a entidades financieras, empresas tecnológicas y plataformas de criptomonedas en todo el mundo.
Una de sus tácticas ha consistido en incorporar trabajadores encubiertos en empresas estadounidenses para obtener salarios y acceso a sistemas internos.
En algunos casos, esa infiltración ha derivado en la instalación de software malicioso tan pronto como los empleados fraudulentos obtenían acceso a equipos corporativos. Las autoridades sostienen que este patrón refleja una intención doble: generar ingresos para programas armamentísticos y obtener información estratégica mediante actividades de espionaje digital.
Los facilitadores y su papel dentro de la operación
Los documentos judiciales revelan que cuatro de los acusados admitieron haber proporcionado sus propios datos personales a los solicitantes extranjeros. Además, permitieron la instalación de software de control remoto en los ordenadores alojados en sus domicilios.
Esta configuración hacía creer a las empresas contratantes que los supuestos empleados trabajaban desde residencias estadounidenses, cuando en realidad la actividad se realizaba desde otros países. Es decir: no existian tales trabajos remotos.
Los fiscales también detallan que los acusados ayudaron en distintas fases de los procesos de selección. En algunos casos, incluso acudieron en persona para completar pruebas médicas o firmar documentación previa a la contratación. La participación de uno de los implicados, miembro activo del Ejército estadounidense en aquel momento, ha sido especialmente llamativa.
Según la investigación, recibió más de cincuenta mil dólares por su colaboración. Otros dos implicados obtuvieron remuneraciones menores, aunque también significativas, a cambio de su implicación.
Una estructura paralela de identidades falsas
El quinto acusado, de origen ucraniano, desempeñaba un papel más especializado. Según sus propias declaraciones, robaba identidades de ciudadanos estadounidenses y las revendía a trabajadores extranjeros interesados en obtener empleos remotos.
La investigación lo vincula a un esquema que permitió la infiltración de candidatos en cuarenta empresas de Estados Unidos. Parte de sus ganancias procedían de los pagos que realizaban compañías norteamericanas creyendo que contrataban a empleados residentes en el país con trabajos remotos.
Las autoridades han logrado incautar más de un millón de dólares vinculados a este acusado y a sus colaboradores. Entre los bienes intervenidos figuran divisas tradicionales y activos digitales procedentes de actividades fraudulentas.
Implicaciones para la seguridad internacional
Los organismos estadounidenses llevan años alertando de que miles de especialistas informáticos norcoreanos operan en el extranjero para generar ingresos destinados a desarrollar programas de misiles y armamento del país. En muchos casos, estos trabajadores se presentan como profesionales independientes con base en Estados Unidos, a pesar de operar desde otros lugares y utilizar plataformas que ocultan su ubicación real.
El Departamento del Tesoro ha advertido que estos empleados pueden aprovechar el acceso privilegiado a sistemas internos para facilitar intrusiones y comprometer infraestructuras críticas. También ha señalado que algunos podrían actuar bajo condiciones de trabajo forzoso, lo que añade otra dimensión preocupante al fenómeno.
El rastro del dinero y la lucha contra el blanqueo digital
Las autoridades federales han anunciado además la confiscación de más de quince millones de dólares en activos digitales incautados a actores vinculados a APT38. Estos fondos procedían de diversos robos cometidos contra plataformas de pago y servicios financieros en países como Estonia, Panamá o Seychelles.
El rastro seguido por los investigadores muestra un uso intensivo de mezcladores de criptomonedas, intercambios transfronterizos y operadores extrabursátiles para ocultar el origen de los activos en estos trabajos remotos.
El Departamento de Justicia sostiene que el proceso de recuperación de estos fondos aún está en marcha, dada la complejidad de las rutas empleadas para mover y blanquear dinero mediante herramientas digitales.
































