Los dispositivos inteligentes se han colado en los hogares con la promesa de facilitarnos la vida y son de los regalos que más recibiremos en estas fechas. Desde altavoces que responden a órdenes de voz hasta cepillos de dientes conectados que analizan nuestros hábitos de higiene, el ecosistema del “hogar inteligente” no deja de crecer. Sin embargo, detrás de esa capa de innovación y conveniencia se esconde una realidad mucho menos visible: estos gadgets recopilan enormes cantidades de datos personales a través de sus aplicaciones, a menudo sin que el usuario tenga claro por qué ni para qué.

Y no se trata solo de smartphones. Cada vez más objetos cotidianos están diseñados para conectarse a internet y, con ello, para recolectar información. Algunas marcas de freidoras de aire solicitan permisos para acceder al micrófono del dispositivo móvil, lo que en la práctica implica la posibilidad de escuchar conversaciones. Juguetes inteligentes pueden grabar la voz de los niños y almacenar datos tan sensibles como su nombre, edad o fecha de nacimiento. Ciertos televisores inteligentes, por su parte, exigen acceso a la lista completa de aplicaciones instaladas en el teléfono del usuario.

Una recopilación opaca y desigual

La situación se asemeja a una “lotería del código de barras”. La cantidad y el tipo de datos recopilados varían enormemente según la marca del dispositivo, la aplicación asociada y el sistema operativo utilizado. Esto complica que el consumidor pueda tener una visión clara y homogénea de lo que está ocurriendo con su información personal.

Un ejemplo significativo es la diferencia entre ecosistemas móviles. Los usuarios de teléfonos Android que utilizan altavoces inteligentes como Amazon Echo o Google Nest suelen verse obligados a compartir más datos personales que quienes usan dispositivos con iOS de Apple. No es tanto una cuestión de elección consciente como de las políticas de privacidad y los modelos de negocio de cada plataforma.

La preocupación social va en aumento. Un estudio publicado en 2024 por la Oficina del Comisionado de Información del Reino Unido (ICO, por sus siglas en inglés) reveló que los participantes estaban inquietos por la cantidad “excesiva e innecesaria” de información personal que recogen estos dispositivos. La sensación generalizada es que el nivel de intrusión no guarda proporción con el servicio prestado.

¿Y el consentimiento explícito del RGPD?

Ante este panorama, surge una pregunta inevitable: ¿cómo es posible que esta recopilación masiva de datos sea legal en un contexto regulado por el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), que exige un consentimiento explícito e informado?

La respuesta está en la letra pequeña. Gran parte del tratamiento de datos se ampara en extensas políticas de privacidad redactadas en un lenguaje técnico y poco accesible, que suelen aparecer ocultas tras varios clics. La mayoría de los usuarios las hojea por encima o directamente las acepta sin leerlas, lo que en la práctica vacía de contenido la idea de un consentimiento realmente informado.

En muchos casos, además, la recopilación de datos se produce sin que el usuario tenga que otorgar permisos específicos de forma activa. El resultado es un falso dilema: aceptar las condiciones y ceder datos personales con la esperanza de que solo se recoja información “rutinaria”, o rechazarlo y quedarse con un dispositivo con funcionalidades limitadas o incluso inutilizable.

El verdadero regalo: control sobre los datos

En un contexto en el que los dispositivos inteligentes se han convertido en regalos habituales —especialmente en fechas como la Navidad—, la recomendación de los expertos es clara: antes de comprar, conviene revisar la etiqueta de privacidad de la aplicación asociada al gadget. Es un gesto sencillo que puede evitar sorpresas desagradables y permitir decisiones de compra más informadas.

Más allá del objeto físico, el verdadero valor está en el control. Entender qué datos se recogen, cómo se utilizan y con quién se comparten es el primer paso para ejercer un derecho fundamental en la era digital: la privacidad. Porque, en un mundo hiperconectado, regalar tecnología sin información es también regalar una parte de nuestra intimidad.

Esta temporada festiva, el mejor obsequio quizá no sea solo un dispositivo inteligente, sino la conciencia y el criterio necesarios para usarlo sin renunciar al control sobre los propios datos.

Periodista especializada en ciberseguridad y tecnología. Mi enfoque se centra en analizar mundo de las aplicaciones y la seguridad especialmente en redes sociales. Con un interés constante en informar sobre avances, riesgos y sin olvidar la importancia de la prevención, busco compartir información precisa y comprensible para el usuario.

Deja un comentario

Por favor, introduce tu comentario
Por favor, introduce tu nombre