La cibercriminalidad continúa consolidándose como uno de los grandes retos de seguridad en España. Durante el primer trimestre de 2026, las infracciones penales cometidas en el espacio digital o a través de medios informáticos alcanzaron las 122.728, lo que supone el 20,6% del total de la criminalidad registrada en el país entre enero y marzo.
Los datos forman parte del Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior correspondiente al primer trimestre de 2026, que recoge las infracciones registradas por Policía Nacional, Guardia Civil, Ertzaintza, Mossos d’Esquadra, Policía Foral de Navarra y cuerpos de Policía Local que facilitan información al Sistema Estadístico de Criminalidad.
En conjunto, España registró 595.240 infracciones penales en los tres primeros meses del año, un 1% más que en el mismo periodo de 2025. De ellas, 472.512 correspondieron a criminalidad convencional y 122.728 a cibercriminalidad. Aunque el crecimiento de los delitos cometidos por medios digitales fue moderado, del 1,2%, su peso dentro del conjunto de la delincuencia confirma que el entorno online ya ocupa un lugar estructural en el mapa delictivo.
Las estafas informáticas, el gran motor de la cibercriminalidad
El principal indicador dentro de la cibercriminalidad son las estafas informáticas. Entre enero y marzo de 2026 se registraron 110.640 infracciones de este tipo, un 3,9% más que en el primer trimestre de 2025.
Estas estafas representan el 90,2% de toda la cibercriminalidad registrada y el 18,6% del total de la delincuencia conocida en España durante el periodo analizado. Es decir, casi uno de cada cinco delitos registrados en el país fue una estafa cometida por medios informáticos.
Este dato refleja hasta qué punto el fraude digital se ha integrado en la actividad delictiva cotidiana. Compras online falsas, suplantaciones de identidad, mensajes fraudulentos, falsas inversiones, fraudes bancarios, phishing, smishing o engaños a través de plataformas digitales forman parte de un ecosistema delictivo cada vez más amplio y difícil de detectar para muchos usuarios.
La expansión del comercio electrónico, el uso masivo de aplicaciones bancarias, la mensajería instantánea y la digitalización de trámites han abierto nuevas oportunidades para los delincuentes, que ya no necesitan un contacto físico con la víctima para cometer el fraude.
Un crecimiento de más del 500% en diez años
La evolución de las estafas informáticas durante la última década muestra la magnitud del cambio. Según Interior, en 2016 se registraron 70.178 estafas informáticas en España. En 2025, la cifra anual alcanzó los 430.493 delitos.
Esto supone un incremento del 513,4% en diez años. El dato confirma que la cibercriminalidad no es una amenaza puntual ni una tendencia pasajera, sino una transformación profunda del fenómeno delictivo.
Mientras algunos delitos tradicionales contra el patrimonio, como los hurtos o los robos con fuerza, muestran descensos en el primer trimestre de 2026, las estafas informáticas continúan al alza. Los hurtos, por ejemplo, disminuyeron un 3,2%, y los robos con fuerza en domicilios, establecimientos y otras instalaciones bajaron un 4,2%. En cambio, el fraude digital mantiene una trayectoria ascendente.
Esta diferencia evidencia un desplazamiento parcial de la delincuencia hacia el entorno digital. Los delincuentes encuentran en internet un espacio de bajo coste, gran alcance y capacidad para atacar a muchas víctimas de forma simultánea.
Una amenaza asociada al uso cotidiano de internet
El Ministerio del Interior vincula el peso de la cibercriminalidad a la penetración y el uso de internet en España, especialmente al crecimiento de las compras y el comercio online. Cuanto mayor es la actividad digital de ciudadanos y empresas, mayor es también la superficie de exposición.
El problema no afecta solo a grandes compañías o administraciones públicas. Cualquier usuario puede ser víctima de un fraude informático a través de un mensaje aparentemente legítimo, una página web falsa, un anuncio fraudulento o una llamada que suplanta a una entidad bancaria o a una institución.
Además, muchas campañas actuales se apoyan en técnicas de ingeniería social. Los atacantes no siempre necesitan vulnerar sistemas complejos; en muchos casos, basta con convencer a la víctima para que facilite sus datos, realice una transferencia, descargue una aplicación o pulse en un enlace.
La confianza se ha convertido en una de las principales herramientas del cibercrimen. Los delincuentes imitan marcas conocidas, organismos oficiales, empresas de reparto, bancos, plataformas de compraventa o contactos personales para hacer que el engaño resulte más creíble.
































